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sábado, noviembre 26, 2011
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Estado, mercados y nacionalismos



Por Teresa Maria G. Da Cunha Lopes


Muchos autores y analistas políticos han señalado que la globalización no es excluyente de lo local; de hecho, se trata de dos fenómenos simultáneos, en que el primero, paradojicamente, potencia el segundo.

La tendencia a la homogeneidad implícita en la globalización cultural no ha sofocado las diferencias culturales. Más bien se observa un resurgimiento de conflictos pluriculturales en el interior de algunos Estados, lo que es interpretado como causa potencial de desintegración y manifestación del carácter artificial de los Estados.

Lo que ha llevado otros teóricos a proponer la fragmentación de los Estados en unidades más pequeñas, lo que se ha justificado por razones económicas e ideológicas. Mientras que en épocas pasadas, el desarrollo económico exigía Estados grandes y viables, los mercados globales posibilitan la existencia de organizaciones políticas de menor tamaño. El uso de la tecnología permite a los países no ser dependientes sólo de sus recursos naturales y, en todo caso, las desventajas políticas de una reducida dimensión pueden superarlas integrándose en organizaciones regionales e internacionales.

Los apologistas de los mercados globales también defienden la eficiencia económica de los países pequeños y critican la obsolescencia de los Estados tradicionales. La ineficiencia de los Estados deriva de sus diferencias territoriales respecto a las preferencias de los consumidores, infraestructuras y tasas de crecimiento. Por el contrario, el Estado-región posee “el tamaño y la escala adecuadas para ser verdaderas unidades operativas en la economía”. Una dimensión apropiada se cifra entre los cinco y veinte millones de habitantes.

Sin embargo, la presión de los mercados globales a favor de la descentralización política no está exenta de riesgos..

Aparte de que se abre la posibilidad de contribuir a una mayor desigualdad regional, acarrea dos peligros añadidos de índole económica:

a) el aumento de la inestabilidad podría derivarse de la indisciplina fiscal local y regional;

b) la sumisión de los gobiernos regionales a los intereses especiales de grupo daría lugar a la utilización inadecuada de los recursos.

Un ejemplo muy concreto de estos riesgos es la peligrosa pendiente en que se encuentran inmersos los países de la zona euro en que las razones de eficiencia económica esgrimidas para justificar “cierto grado de coordinación y control centralizado” (léase : “control centralizado en las manos del eje Paris-Berlin”) han resultados nefastas para los países periféricos.

Si bien la experiencia histórica revela que, en la mayoría de los casos, la Nación ha sido una creación del Estado y que ambos se han desarrollado unidos, en los últimos años se ha planteado la posibilidad de desvincularlos.

Ahora bien, es importante diferenciar estos dos conceptos que tenemos tendencia a confundir: el concepto de “Estado” y el concepto de “Nación” .

Según Keating, el declive del Estado no supone el de la Nación. Por el contrario, se trata de una forma de movilización política que conserva su potencialidad frente a la decadencia de otras ideologías. El nacionalismo proporciona identidad colectiva, suministra una base en la que asentar la solidaridad ante el atomismo del mercado. Se trata, pues, de una ideología con capacidad para erigirse en un principio de organización social y política, no necesariamente asociada al Estado.

Ahora bien, no todos los elementos del nacionalismo son positivos.

El “nacionalismo étnico” que se caracteriza por basarse en la identidad racial o en la ascendencia común, es un nacionalismo excluyente. Su penetración en las ideologías de este inicio de Milenio es particularmente preocupante y puede manifestarse de forma violenta en actos criminales como la masacre en Noruega, en plataformas electorales de los partidos de extrema derecha como el FNL de Marine Le Pen en Francia, en las leyes anti migratorias de Arizona o en los crímenes de odio en nuestras calles.

Por el contrario, el “nacionalismo cívico” se identifica con los valores del liberalismo, en la tradición anglosajona de A. Smith. La identidad nacional en este caso está determinada por instituciones, religión, costumbres, recuerdos históricos, etc. Es, precisamente, este nacionalismo basado en valores cívicos el que tiene capacidad para integrar y no ser excluyente toda vez que su idea de nacionalidad compatible con el reconocimiento de otras identidades.

Sin embargo, la dicotomía entre nacionalismos negativos y positivos plantea dudas.

En la práctica es difícil encontrar movimientos nacionalistas que se apoyen exclusivamente en elementos étnicos. En líneas generales, la etnia también ha incluido características religiosas, culturales, históricas y costumbres comunes. Por otra parte, la organización cívica también se apoya en una identidad cultural que alimenta la pertenencia de los grupos diferenciales.

No se duda de que el nacionalismo facilite la integración, pero, por su propia naturaleza, contiene también rasgos excluyentes. También hay que admitir la posibilidad de que los nacionalismos cívicos no reclamen el monopolio de la lealtad.

Por ejemplo, en los estados federales se combinan diferentes lealtades. Sin embargo, la combinación de varias lealtades no siempre ha logrado el equilibrio. En estos casos, la ciudadanía común superadora puede ser percibida por las minorías como una amenaza para su existencia, como lo estamos observando en la Costa de Michoacán (ej. Ostula) y en los conflictos étnicos de la Meseta Purépecha, en el caso concreto de Cherán (argumento que prevaleció de la reciente sentencia del TEPJF sobre la elección del Consejo Indígena).

Finalmente, se defiende que los nacionalismos cívicos no aspiran a la creación de Estados-naciones. Sin embargo, las naciones no pueden prescindir de una determinada organización política y social. De hecho, no hay que olvidar que la autonomía política y cultural no siempre satisface a las reivindicaciones nacionalistas (por ejemplo: las organizaciones vascas independentistas o el nacionalismo catalán). Además, no es tan clara la emergencia de nacionalismos cívicos disociados de la creación de Estados.

En los últimos años del siglo XX han sido frecuentes las manifestaciones de los nacionalismos que han conducido a la fragmentación de los Estados, pero el resultado de este proceso ha sido la formación de más Estados (ejemplos : la fragmentación de la antigua Yugoslavia y de la Unión Soviética).

Por último, cabe pensar que una excesiva fragmentación de unidades políticas dificulta la articulación de organizaciones supranacionales que exige la interdependencia de las sociedades contemporáneas.

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