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lunes, diciembre 19, 2011
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La Paradoja del votante... Por Teresa Da Cunha






Por:  Teresa Da Cunha Lopes

Hace un mes los michoacanos salieron libremente a votar. Ese voto fue percibido por la grande mayoría de los que vivimos en Michoacán como un voto maduro, un ejercicio de una ciudadanía plena, el fruto de una decisión personal consciente y libre. Pero diversas voces han cuestionado el resultado de este ejercicio democrático, porque los resultados no fueron acordes a los topes de gasto publicitario y a las expectativas creadas por las empresas encuestadoras.

Pienso que lo que falló en los estrategas de las campañas fue centrar su atención sobre el acto de decisión individual que se cristaliza en el voto y sobre las condiciones que nos llevan a este. O sea, optaron por dar prioridad al slogan que apela al inconsciente y dejar de lado los elementos estructurales del cotidiano que se reflejan en la dimensión racional del voto en tiempos de crisis económica.

La decisión del voto del elector medio, como afirma Anthony Downs (Downs, A.,1957, An Economic Theory of Democracy),se entiende como el producto de un calculo racional realizado por el elector individual, hipotéticamente al margen de todo determinismo de tipo estructural y buscando satisfacer al máximo sus intereses.

El elector elegirá su opción guiado por un cálculo de costes y beneficios. Que el cálculo del señor García no sea el mismo de la señorita Laura y que ambos no coincidan con el mío,no significa que mi decisión es mejor y que mi voto es de “calidad”. Significa que tenemos expectativas racionales , para usar la terminología de Lucas, diversas. Esto es, paradojicamente, la grande fortaleza del sistema.

Si los enfoques teóricos racionalistas condujeron a la “paradoja del votante” (también llamada “paradoja de Dows”) de acuerdo con una lógica estrictamente racional, el propio acto de votar acaba siendo irracional. Argumentado en que el elector ha de afrontar al votar unos costes que nunca se ven compensados por los beneficios de su acción.

Como consecuencia de la “paradoja del votante”, un planteamiento plenamente racional bien podría conducir a la abstención.

Sin embargo, por atrayente que sea su debate a la hora del café y del cognac después de una buena cena con amigos o en la pantalla chica entre los intelectuales de servicio,la “paradoja del votante”, no tiene en cuenta que el análisis político de lo que cabe hablar es de una racionalidad estándar, no absoluta o extrema.

Se olvida, también, que existen, en el ejercicio del voto decisor frente a la abstención, otras fuentes de beneficio para el elector:

1. La satisfacción de asumir los principios y reglas de la democracia.

2. El placer de decidir.

3. De interesarse de los asuntos públicos, estar mejor informado de las políticas.

4. La satisfacción de escapar del sentimiento de inutilidad dentro del proceso político.

O sea, en las democracias los individuos, que son racionales contrariamente a lo que nos intentan decir los "expertos", están motivados por su sentido de responsabilidad social, que es independiente de las ganancias o perdidas personales a corto plazo.

Sin embargo, recientemente los guru del marketing electoral , partiendo de posturas analíticas desde perspectivas psicológicas han puesto en duda “el mito del comportamiento racional del elector” señalando que los planteamientos racionales en torno al voto no desempeñan sino un papel secundario.

Añaden a este, otros argumentos como el que la presión de los medios de comunicación suelen recortar sustancialmente a los electores la posibilidad de actuar de acuerdo con sus propios intereses. Inclusive lo pueden llevar a escoger un candidato como quién opta por una “marca” o un “logo”.

Tenemos, entonces dos posturas teóricas encontradas y que definen opciones estratégicas de campañas diferentes. ¿Cual de ellas es la buena? Es una pregunta fundamental, a la cual pienso que no podemos dar una respuesta definitiva. Pero me permito discordar de la prioridad dada a los elementos “irracionales” y emocionales del voto, creando campañas que sólo colocan como objetivo vender un “producto”.

Ya sé que voy de nuevo a contra corriente del pensamiento mayoritario y de lo enunciado en todos los talk shows políticos. Pero me coloco desde el sentido común que compartimos los que no necesitamos de ser reconocidos como expertos para respirar, o sea en el sentir de la mayoría silenciosa, invisible, pero que finalmente vota.

Me parece que tal como en la vida, la conclusión que debemos de extraer, no puede ser otra que la de procurar huir, en el análisis del comportamiento electoral, de todo enfoque demasiado rígido o excluyente. En definitiva, los factores estructurales, por un lado, y los planteamientos de racionalidad individual por otro constituyen dos dimensiones que se conjugan siempre, en mayor o menor medida, en la adopción de la decisión individual del voto. O sea, pienso que el precio de la tortilla, el pago a tempo y en debida forma de los salarios, la expectativa de la jubilación, la seguridad física, la seguridad jurídica, la expectativa de una educación para los hijos, cuentan y son las variables del cálculo de costes y beneficios del votante. Y, que a la hora de la hora son más importantes que la juventud, el perfil fotogénico o el color de la corbata del candidato.

Como decía Bill Clinton , que no acostumbraba perder elecciones: "It's the economy, stupid". Y el votante opta por aquel candidato en que visiona la posibilidad de realizar sus "expectativas racionales

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