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domingo, julio 22, 2012
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Espiritu levantisco y normalidad democratica… Por Julio Santoyo

columnista

Julio Santoyo Guerrero


Aún tienen muchas deficiencias las reglas que nos hemos dado los mexicanos para acceder y para alternar en el poder. Pero mayores lagunas tiene nuestra cultura de la legalidad. Casi todo el siglo XX nos la pasamos creando y ajustando sistemas para que el acceso al poder se hiciera sin sangre y con el mínimo de costos para la gobernabilidad del país. Durante 70 años el priismo lo logró por medio de un sistema autoritario y de controles corporativos que terminó colapsando. A finales de los 80´s del siglo pasando era evidente que debían crearse nuevas reglas que dieran cause a la emergencia de una pluralidad democrática que se comenzaba a expresar en partidos opositores capaces de constituir nuevas mayorías políticas gobernantes. Ya casi un cuarto de siglo nos ha llevado la creación de ese nuevo sistema de reglas y sin duda hemos avanzado, pero persisten sombras que nos hacen pensar en la insuficiencia de las mismas o en la lentitud de las transformaciones.

En casi dos siglos de vida independiente los mexicanos no hemos podido lograr crear un sistema democrático estable que resista las vicisitudes políticas que suelen presentarse a toda nación. Pareciera que nos persigue el síndrome de los pronunciamientos, de los planes, de las asonadas y del espíritu levantisco. Si en 24 años de "transición democrática", de real alternancia en la presidencia de la república, en la gran mayoría de las entidades federativas y en los gobiernos municipales y de composición plural de las legislaturas, no nos ha sido suficientes para construir los consensos en torno a las leyes que permitan la alternancia y el acceso al poder, quiere decir que los esfuerzos de nuestra clase política para lograrlo han sido mezquinos. Su desempeño pues ha sido entonces decepcionante. Si 24 años nos les han bastado, y para sacar una reformita política les ha llevado 5 años, quiere decir que no están haciendo las cosas con responsabilidad. Y en ello tienen responsabilidad todos los liderazgos políticos que han accedido al poder público.

Aún no es plena la normalidad democrática del país. Lo será el día en que después de una elección los candidatos salgan a reconocer el triunfo del otro, así sea por un solo voto; el día en que después de la elección los ganadores inmediatamente se sienten a dialogar con los perdedores para puntualizar la agenda que desarrollarán durante su mandato y que le prometieron a los electores durante la campaña; el día en que los electores no perciban incertidumbre alguna con respecto a la constitución legal de los poderes y puedan continuar regularmente su vida productiva y la vida en sus hogares; el día en que el país no se vea amenazado por la parálisis política, justificada por irregularidades en el proceso de elección; el día en que cada ciudadano asumamos como valor fundamental de nuestra convivencia el respeto al derecho y admitamos que en democracia se gana y se pierde y que son los tribunales los que deben resolver los diferendos que puedan naturalmente ocurrir.

Si a 24 años de transición se continua escuchando el mismo discurso de inconformidad por un proceso electoral, en definitiva que algo anda mal. E independientemente de que sean o no ciertas las imputaciones de irregularidades, las que deberán desahogarse en los tribunales, lo cierto es que persiste una cultura de trampa y simulación en todos los partidos que entrampan la evolución democrática del país. El dispendio de recursos en las campañas de todos los candidatos estuvo a la vista de los mexicanos; la coacción del voto es una práctica rutinaria que también a todos involucra. En los puntos negros de la elección todos, pero todos contribuyeron con su mancha. Primero pintan el diablo y luego le tienen miedo.

Lo grave es que ahora le quieran echar al lomo de los electores las consecuencias de sus culpas, lo cual así ocurrirá: confrontación en el Congreso de la Unión, atrincheramientos partidarios que harán imposible -otra vez-, aprobar las reformas que México necesita; escasa productividad legislativa; privilegio de las agendas partidarias; ejercicio de la venganza política bloqueando iniciativas.

Ya son 24 años y no hemos alcanzado nuestra normalidad democrática plena y la verdad es que no se ve para cuando. Las condiciones y los que hemos elegido no son muy diferente a los que se irán.

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