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lunes, marzo 04, 2013
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Sin esa alianza a la “maestra” no le tocan un pelo

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Julio Santoyo Guerrero



Lo que ya puede considerarse como la operación terciopelo que culminó con la detención y encarcelamiento de la hasta hace días poderosa lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, ha sido un golpe focalizado a uno de los poderes fácticos de mayor trayectoria histórica en nuestro país. El asunto ha planteado inmediatamente la pregunta de si les ha llegado la hora a los poderes fácticos y si el gobierno de Enrique Peña Nieto ha tomado la decisión de reducirlos o de replantear su inserción en la vida política y económica de la nación.
La determinación de procesar a Elba Esther Gordillo Morales no debiera sacarse políticamente del contexto del Pacto por México ni del ritmo que está tomando la pretensión de una reforma educativa sustentada en una reforma constitucional ya promulgada. No era una regla escrita pero en el pasado inmediato las orientaciones de política educativa sólo podían salir avante con la previa negociación y autorización de quien en su momento representaba al sindicato más poderoso de Latinoamérica. Y la misma Secretaría de Educación Pública era jefaturada por quien recomendaba o imponía esa poderosa “representación”. La oposición de cualquier mando de la SEP a los intereses sindicales, así entendidos, corría el riesgo de la destitución, incluido por supuesto el titular de la dependencia. El caso reciente más ilustrativo lo representó la salida de la SEP Josefina Vázquez Mota.

El golpe dado al liderazgo elbista es en efecto un golpe certero a uno de los poderes fácticos que tenía literalmente en su puño al estratégico sector educativo. La arrogancia de “la maestra” la llevó a sentirse intocable y eterna. Eso la hizo vulnerable, se descuidó dando rienda suelta a la manía por las compras suntuosas y obsesivas dejando en el camino de su compulsivo afán adquisitorio, todas las pistas y pruebas que la Procuraduría General de la República necesitaba para inculparla por el uso indebido de los fondos de sus representados. Por su propia voluntad caminó al despeñadero, creyó que su juego era más grande que la jugada misma.

Las acciones de reforma más importantes contenidas en el Pacto por México, para su realización, implican roces y confrontaciones duras contra los poderes fácticos que dominan en esas áreas. La reforma en telecomunicaciones y telefonía implica pegarle al duopolio televisivo y al hombre más rico del país, y si Forbes así lo dice, al más rico del mundo; la reforma energética implica ir contra Romero Deschamps, el también poderoso y adinerado líder del sindicato petrolero; la reforma en materia de seguridad implica pegarle y anular al poder fáctico más repudiado por todos los mexicanos, los cárteles de la droga y a quienes se han aliado desde el poder público a los criminales.

Que cómo procederá con cada uno de ellos el ejecutivo federal y la alianza de partidos que han firmado el pacto es un asunto difícil de predecir. Lo cierto es que la operación terciopelo contra Elba Esther es una advertencia y confirmación de que el Pacto por México no es otro documento cualquiera; que en él está comprometido el presente y futuro del gobierno de Peña Nieto, que para cumplirlo se hará, como se está haciendo, lo que tenga que hacerse para que el mismo no fracase.

No es difícil advertir que el presidente Peña Nieto ha tomado el Pacto por México como su programa esencial de gobierno y que está aprovechando la fortaleza que le transfiere dicho pacto para fortalecer el ejercicio de su propio mandato. ¿Quién puede poner en duda que el procesamiento de la maestra Gordillo ha incrementado notablemente la popularidad presidencial?

En lo particular no creo que la estrategia empleada por el gobierno contra Elba Esther para llevarla a prisión vaya a ser la misma que se emplee contra los otros poderes fácticos que pueden obstaculizar la realización de las reformas comprometidas en el Pacto. Allá esos otros y sus vulnerabilidades, que seguramente las tienen. Lo que sí es evidente es que el gobierno de la república se ha mostrado dispuesto a ejercer su músculo para realizar sus propósitos de gobierno. Y lo ha hecho porque sabe que la alianza que lo respalda no es cualquier cosa, son los tres partidos más grandes de este país. Sin esa alianza jamás habría sido tocada “la maestra”. La cuestión es hasta dónde la triple alianza PAN, PRI y PRD está dispuesta a mermar o a abatir los poderes fácticos en aras de las transformaciones que creen que el país necesita.

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