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miércoles, noviembre 30, 2011
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2011: el fin de un ciclo... Por Teresa Da Cunha




Por Teresa Maria G. Da Cunha Lopes

La transformación del sistema monetario internacional no es un proceso nuevo ya que se produjo a raíz de la quiebra de los acuerdos de Bretton Woods a principios de los años 70.

Estos acuerdos habían establecido, inspirándose en la teoría keynesiana, el control de los movimientos de capital y de los tipos de cambio fijo. Según esta teoría, la libre movilidad de capital es incompatible con la estabilidad macroeconómica y el pleno empleo. Con ello, el objetivo era evitar la especulación de capital.

Pero en el contexto creado por la crisis económica de los años 71-73 emergió un nuevo orden financiero caracterizado por la desregulación y, en consecuencia, por la libertad de los movimientos de capital y por la flexibilidad de los tipos de cambio.

La desregulación se ha basado en dos argumentos:

1.-La confianza en la capacidad de los mercados financieros internacionales para mantener y fijar el precio de equilibrio de los activos financieros de acuerdo con las condiciones de la economía. Se defiende que la libre circulación de capitales a escala internacional produce una mejor asignación de recursos, ya que el capital circulará desde los sectores y países cuya rentabilidad sea menor hasta aquellos sectores y países donde la inversión sea más productiva.

2.-La interdependencia de los mercados financieros reduce la capacidad de los Estados para establecer políticas económicas nacionales. La desregulación del capital propicia la movilidad de las inversiones, ya que el capital no necesariamente permanece donde se ha acumulado.

Ahora bien, el problema con la implementación de una política sistemática de desregulación es que las fronteras se desdibujan, el sistema económico se vuelve más global, de forma que el ámbito económico no se corresponde con un determinado contorno político y, en consecuencia, se plantean obstáculos para someterlo a un poder político concreto.

O sea, por su propia naturaleza, el Sistema financiero internacional post desregulación crea la tendencia a la globalización de la economía. Y esta tiene repercusiones en el Estado.

Sin embargo, en el debate actual sobre el cambio necesario de paradigma y sobre el futuro, conviene distinguir entre mundialización y globalización.

Los términos de mundialización y el de globalización, comienzan a utilizarse a mediados de los años 80. Entre los factores que los han impulsado destaca la revolución técnica en el ámbito de las comunicaciones que ha tenido como efecto una reducción de sus costes y de su velocidad. Pero, aún siendo importante el factor tecnológico, la mundialización no puede explicarse, exclusivamente, por esta causa. Diferentes autores sostienen la incidencia de la ideología en el desarrollo de la globalización.

O sea, en última instancia estamos frente a opciones ideológicas y políticas, diría mismo, civilizacionales. Y, esto es lo que estamos olvidando, al entregar la transición a los tecnócratas y al dejar de lado a la ciudadanía y a la expresión política de su voluntad: la democracia.

Pero, regresemos a la cuestión de la mundialización y de la globalización. En uno u otro caso, ¿qué se entiende por este fenómeno? En líneas generales, entre los conceptos que se han formulado de globalización cabe distinguir dos posturas: a) los que consideran que se trata de un fenómeno de naturaleza esencialmente económica; b) los que le atribuyen una naturaleza polimorfa.

En el primer sentido, el término globalización se adopta para dar cuenta de la interdependencia de las economías nacionales y la tendencia a la creación de un único mercado de ámbito planetario:la globalización sería un concepto comprensivo y superador de los términos de internacionalización y transnacionalización.

El primero término alude a la interrelación de las economías nacionales producida por la expansión del comercio internacional. El segundo al aumento de las empresas transnacionales, lo que implica que éstas no estén centralizadas territorialmente, pues ningún país acumularía todas las etapas productivas. Por lo tanto, los términos de internacionalización y transnacionalización, referidos a la economía, se circunscriben al comercio y a la producción. En cambio, la globalización económica abarca la difusión del comercio, de la producción, del consumo y de la inversión.

En el segundo sentido, se interpreta que la globalización excede del ámbito económico, sería un proceso que abarca a las transacciones sociales de todo tipo. Beck sostiene que este fenómeno se extiende a la información, a la ecología, a la cultura- debido al consumo de productos idénticos en todo el planeta- y al trabajo. Si en otras épocas, dice Beck, la actividad social estaba delimitada por las fronteras sociales de forma que el contorno de la sociedad coincidía con el de los Estados, en la actualidad las fronteras se han difuminado; de ahí que Beck, entre otros autores, identifique la globalización con la sociedad mundial.

El alcance de la globalización genera polémicas a las que contribuye el hecho de se trata de un proceso abierto cuya evolución puede seguir diferentes tendencias. Y que, en mi modesto entender se acerca, en este 2011, al final de un ciclo: a la ineluctable eliminación del paradigma vigente desde el 1973 y a que llamaría del : laissez faire norteamericano.

Mientras que para unos, la actualidad conduce a la formación de mercados globales integrados en los que la competencia sería global y los factores de producción circularían en función de la oferta y de la demanda; para otros, el incremento de la interconexión de la actividad económica en todo el mundo acentúa el desarrollo desigual entre los diferentes países.

En este sentido, según Gray, tampoco la globalización implica una tendencia a la homogeneización porque son las disimilitudes y no las similitudes en infraestructuras, salarios o capital humano las que posibilitan las ganancias. Asimismo, se discute que la globalización de la economía lleve consigo el avance de un mismo tipo de capitalismo, en concreto, el modelo de “laissez faire” norteamericano. La experiencia demuestra la existencia de variedades de capitalismos divergentes del anglosajón (ej.: el “capitalismo de estado” chino).

Estos argumentos se sitúan, pues, en las antípodas de los esgrimidos por los defensores de la globalización, quienes consideran que los mercados globales harán al mundo en su conjunto más rico, ya que la deslocalización de la economía permite aumentar las oportunidades de los países menos desarrollados.

Por otra parte, la globalización económica se encuentra limitada en el espacio a algunas zonas. En concreto, a Asia del Este, Norteamérica y Europa Occidental. Además, no toda la actividad económica puede calificarse como mundial. En estricto sentido, únicamente en el ámbito financiero puede hablarse de un mercado unificado.

También es dudoso que la emergente cultural global termine por erosionar las culturas nacionales, tal como lo referí en la columna publicada el día 26 de noviembre e intitulada “Estado,mercados y nacionalismos”.

Si bien los procesos de globalización contienen tendencias homogeneizadoras, estas coexisten con procesos fragmentadores. El resurgimiento de los etno-nacionalismos ha sido simultáneo a las fuerzas de la mundialización. Los movimientos nacionalistas se han interpretado como una respuesta reactiva a estas fuerzas y a la homogeneización que conllevan.

Además, la globalización de la información se ha valorado como un factor que contribuye a alimentar la conciencia de las diferencias aunque, al mismo tiempo, es improbable que no repercuta en las culturas e identidades nacionales. Una de las fuerzas motoras de la globalización, pero no la única es la mundialización de la Economía.

Hoy en día podemos hablar de la existencia de un sistema capitalista global. En opinión de Soros, la economía global se caracteriza más por la libre circulación de capitales que por el libre comercio de bienes y servicios. La movilidad del capital interrelaciona los tipos de intereses, los tipos de cambio y las cotizaciones de las acciones de todos los países, lo que repercute ampliamente sobre la situación económica. Pero, el 2012 va a ser el momento de regresar a la regulación de los mercados y a nuevos niveles de control estatal sobre la economía, a través de políticas impositivas, como la tasa sobre las transacciones bursátiles y a través de una renegociación del Tratado de Lisboa por los países miembros de la UE.

O sea, al despedir este 2011 con un “cava” catalán extra-seco, porque los tiempos no están para Dom Perignon, debemos estar conscientes de que estamos entonando el adiós a los tiempos de la desregulación.

Sólo me resta desearles : ¡¡¡¡¡Feliz fin de ciclo!!!!!

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