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martes, febrero 14, 2012
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Los Costes de la guerra... Por Teresa Da Cunha #Mexico





Por: Teresa M.G. Da Cunha Lopes

El “fin“ de la guerra de Irak , la intervención militar en Libia y las posibilidades reales de un ataque a Irán, me llevan a algunas reflexiones sobre la magnitud de las pérdidas humanas y de la destrucción en los contextos bélicos contemporáneos .

La discusión la centraré en los costes en sangre y vidas, en las falsas premisas de la guerra, en los continuos retos de la realidad árabe y en la inestabilidad en el norte de África y Oriente Medio.

Pero, también en la invisibilidad “relativa” de los costes en sangre y vidas de las poblaciones en el teatro de guerra. O sea, en la discrepancia entre una lectura “occidental” de los costes de la guerra y la lectura “periférica” de los mismos.

Lo que pasó con las pérdidas y las muertes iraquíes fue básicamente ignorado no sólo por los medios de comunicación “main stream”, pero también por las clases políticas de los diversos países que enviaron contingentes para la invasión y posterior ocupación.

Una muerte de un soldado de las tropas de la coalición siempre es un titular de primera plana y del noticiero primetime, bajo el paradigma de la lectura”occidental”de las pérdidas en hombres y en sangre . Y un punto de enfrentamiento seguro en los debates electorales de las campañas políticas.

La muerte de centenas de civiles iraquíes nunca salió de la pequeña nota enterrada en las entrañas de la noticia. O sea, es prácticamente invisible porque es parte de la “visión” periférica de los conflictos.Y no hace parte de las preocupaciones electorales de los candidatos.

Libia es el primer terreno de guerra en que esta “visión de periferia” es subvertida.La reciente investigación de muertes de civiles durante bombardeos de la OTAN fue la primera contabilidad de lo que muchos creían que era una guerra en gran medida sin víctimas. Porque estas eran invisibles en el tratamiento mediático de las operaciones aéreas.

Rara vez , las personas dudan de que las guerras causan grandes daños entre los combatientes, pero nuestro punto de vista occidental sobre las guerras de Estados Unidos y de nuestras coaliciones ha sido , regla general, ciego a un aspecto específico de la destrucción: el costo humano de las personas que viven en zonas de guerra. O sea, ciego a las muertes de los civiles.

Cerramos los oídos a las voces de las víctimas, despreciamos sus quejas sobre las incursiones de medianoche, las búsquedas casa por casa, los puntos de control, los ataques de aviones no tripulados, las bombas que caen sobre las bodas afganas en vez de caer sobre los líderes locales de Al Qaeda.

El general Tommy R. Franks enunció esta realidad en una frase que quedó tristemente famosa durante los primeros días de la guerra en Afganistán: "No hacemos recuento de cuerpos". (Léase: “de los otros muertos”)

Pero, ¿Qué podemos aprender del conteo de los cuerpos y del registro y del cálculo de las pérdidas y de los costes reales de la guerra?

Creo que podemos aprender más, mucho más acerca de la guerra y de la economía de guerra y, por ende mucho más acerca de su impacto en la producción de la crisis económica y de los astronómicos déficit nacionales que pesan sobre la crisis internacional como una espada de Damocles.

Más de 10 años después del inicio de la guerra en Afganistán , sólo tenemos una noción imprecisa del número de personas que han muerto como consecuencia del conflicto.

La oficina de las Naciones Unidas en Kabul reúne algunas cifras de las morgues y de otras fuentes, pero son datos incompletos. Lo mismo ha ocurrido en Irak, a pesar de una serie de esfuerzos independientes que se han hecho para dar cuenta de los muertos en este conflicto.

Sin embargo, esta ausencia de datos duros sobre una cuestión tan importante como es el de pérdidas en vidas humanas, no es una imprecisión exclusiva de los conflictos en que los EE.UU o la OTAN están involucrados. Ni siquiera hablaré de nuestro casi total desconocimiento de las pérdidas en vidas en el Congo, Sudán, Somalia, frontera de Tailandia y otros territorios con guerras civiles, guerrillas y conflictos tribales por décadas.

Pero esas cifras, que llegan a cientos de miles de personas, no son objeto de nuestra escasa atención. Tanto los líderes políticos y militares, como el público, han mostrado poco interés las “otras” víctimas.

La negación, después de todo, es políticamente conveniente. No tener en cuenta las cifras de mortalidad, los refugiados, los pobres, los hospitales demolidos, los sistemas de agua potable destruidos y las escuelas calcinadas, es negar, en efecto, que la guerra es real.

El ejército estadounidense, o nuestros contingentes en la OTAN no pueden permitirse el lujo de ser tan arrogantes acerca de la dinámica de la guerra. Las consecuencias de la forma en que luchan en las guerras revela mucho acerca del cómo y del por qué otras personas van luchar contra el mundo occidental, en nombre de la resistencia contra el “opresor” y no contra el “libertador”.

En Irak, por ejemplo, las causas de la resistencia sunita, fueron atribuidos a menudo a la pérdida del estatus social y al papel de la violencia estadounidense contra civiles a principios del conflicto . Pero este no fue un debate ni público ni generalizado.

Sin embargo, muchos de los iraquíes capturados dijeron que estaban defendiendo a sus comunidades mediante la resistencia a las fuerzas de ocupación. Maltratar a, detener o matar a supuestos combatientes enemigos - como las fuerzas de coalición hicieron en innumerables operaciones – ha llevado a algunos iraquíes a empuñar el fusil, a usar los IED contra las patrullas y a reclutar los suicidas con bombas.

Cuanta mayor es la violencia de los ocupantes, más feroz es la reacción de los ocupados.

El general David H. Petraeus reconoció este problema y trató de reformar las prácticas y los comportamientos de las fuerzas ocupantes . En un manual de campo del que es coautor publicado en 2006, explicó que cuando "las fuerzas armadas no proporcionan seguridad o ponen en peligro la seguridad de los civiles, la población está dispuesta a buscar garantías de seguridad de los insurgentes, de las milicias y de otros grupos armados. Esta situación puede alimentar el apoyo a la insurgencia. "

En varias encuestas de opinión, los iraquíes identificaron a las fuerzas estadounidenses como la principal causa de la violencia que aquejan a su país. Y a pesar de que la violencia de la guerra y la ocupación fue la causa inmediata de la resistencia iraquí, tenemos pocas datos duros para entender su alcance.

WikiLeaks publicó documentos militares en octubre de 2010, que incluyen el conteo de las muertes iraquíes, pero estos informes son incompletos y sesgados y sólo reflejan lo que las tropas fueron testigos. Los informes de los medios de comunicación están igualmente limitados. Y , de todos modos, nuestros líderes políticos y militares en EE.UU, Inglaterra, Polonia, Portugal, España, Francia, Dinamarca, Nueva Zelandia, apenas toman en cuenta estos números .

Viven en “lugares” mentales de un mundo de fantasía,llenos de certidumbres, declaraciones, “principios”, juegos políticos, estrategias electorales, ajenos a lo que realmente agobia a la población civil. Y en un “desconocimiento” criminal de la magnitud de los costes de guerra.

En 2006, dos encuestas de hogares hechas por separado, una por el Ministerio iraquí de Salud y la otra por investigadores de la Universidad Johns Hopkins, encontraron que las cifras reales están entre 400.000 y 650.000 "muertes en exceso" en Irak como resultado de la guerra.

Sin embargo, en ese momento el general al mando en Irak dio la cifra de 50.000 y el presidente Bush había afirmado a finales de 2005 que era sólo de 30.000.

Si nuestros líderes no están dispuestos a comprender la importancia de la muerte y de los trastornos sociales o el significado del caos generalizado por el conflicto para las poblaciones locales, entonces es probable , diré mismo inevitable, que los esfuerzos de guerra de Estados Unidos y de los Países de la OTAN terminan mal y que las relaciones entre los aliados se conviertan en tensión, como ha ocurrido entre EE.UU y el presidente Hamid Karzai en Afganistán.

Las reiteradas denuncias de Karzai sobre las acciones de la OTAN que causan víctimas civiles en una escalada sin frenos son a menudo descartadas en Occidente como una postura política, pero su persistencia en este tema indica lo profundamente que resuena con los afganos. A pesar de que lo ignoramos y de que lo minimizamos, los musulmanes de todo el mundo toman nota.

Seamos concretos, el daño producido por la guerra sin control y sin reglas rígidas de limitación al máximo de las pérdidas colaterales sobre las poblaciones civiles es causante de efectos psicológicos desastrosos permanentes sobre las mismas y sobre los propios combatientes en el terreno además de ser moralmente reprehensible, así como un error estratégico.

Tenemos que adoptar métodos fiables para medir la destrucción causada por nuestras guerras - una "epistemología de la guerra", como otro general, William Tecumseh Sherman, la llamó - para romper la amnesia colectiva que nos ha agarrado.

Si nosotros no exigimos una explicación completa de los costes de la guerra, la banalización de la pérdida de vidas es anunciadora del terror futuro y de la autodestrucción de nuestra civilización.

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