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lunes, marzo 19, 2012
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La Tradicion de la Indignidad





Por: Teresa M.G.Da Cunha Lopes

Es el puente de Primavera, medio- día pasado y apenas estoy abriendo la puerta de casa. Llego a casa de regreso del trabajo, en el camino compro “El País” . Estoy en Morelia. Aquí vivo, entre nomadismo y elección afectiva, veinte años transcurrieran y otras tantas primaveras de jacarandas en flor. Entre clases, libros, seminarios, foros y reuniones de trabajo voy escuchando en los últimos años, el discurso de las guerras culturales y el feroz ataque contra la modernidad, el occidente, el liberalismo y la democracia.

De conferencia en conferencia , entre un debate y otra entrevista de radio, he poco a poco descubierto la tiranía de la afirmación del “respeto de la diversidad cultural”, que se coloca como un discurso “moralmente” superior frente a los supuestos “maleficios de la Ilustración” y de la “tradición burguesa de los derechos humanos”.

Abro el periódico y veo la noticia de la “conmoción que ha suscitado la muerte de Amina,16 años, que tragó matarratas para por fin a los malos tratos que padecía en la casa de sus suegros”, en un pueblo costero al norte de Larache, Marruecos, en la que vivía tras contraer matrimonio en septiembre, con su violador , nupcias recomendadas por su juez para “salvar su honor”.

Estoy indignada. Y siento vergüenza. Quizás porque participé, o a lo mejor porque callé, el peligro de este discurso académico multiculturalista en la construcción de un ataque sistemático contra todos los principios y opciones que a lo largo de los últimos 200 años nos han permitido construir un concepto:el concepto de derechos fundamentales, individuales,universales y erga omnes.
Confieso que últimamente estoy permanentemente indignada.

Cuando escucho historias como la de la nigeriana Amina Lawal, condenada a muerte por lapidación por el pecado de procrear una hija fuera del matrimonio, me indigno.

Como parte integrante de la nueva tribu de los “activistas” de las redes sociales, corro a la computadora y firmo todos los manifiestos contra este crimen, pensando, que con la fuerza de millones de firmas el tribunal nos escuchará.¿ Porqué dudar de la eficiencia de una “protesta” digital en cada click del teclado ? En otro caso la presión internacional ya salvó otra mujer, en el mismo país, condenada por la tradición, la costumbre a la misma muerte despiadada. Si, (¡O! Como es indignante este si) si Amina fuera soltera,nos dicen los periódicos, “sólo” sería castigada con cien chicotazos, por “delito de fornicación”.El presunto padre del bebé, no ha sido acusado porque ha negado los hechos — y bajo la “sharia”, o ley islámica, la palabra masculina tiene una credibilidad que es negada a la mujer.

Pienso, y me indigno, en todas las mujeres que en este preciso momento están siendo chicoteadas en la plaza pública, por el mismo delito. Pienso en todas las otras que sufren penas de “violación colectiva”, como la paquistaní Mukthar Mai objeto de una acción punitiva decretada por el Consejo de Ancianos de su pueblo para lavar el “crimen de honor” de su hermano de 12 años. Después de ser repetidamente y “legalmente”violada e arrastrada por las calles, Mukthar Mai ( y que cada letra de su nombre se pronuncie con la misma fuerza y sonoridad de la elocuencia del discurso académico de los últimos años sobre el topos de la hermenéutica y el ethos del sujeto) recibió de un tribunal una “indemnización”.

Pobre reparación de una humillación irredimible.

En Marruecos, hace una semana, Amina Filali, de 16 años, obligada a casarse con Mustafa, de 25 años, que la había violado, evitó con el matrimonio ser enviado a prisión.Pero optó por suicidarse. Pienso en la soledad de Amina Filali frente a la tradición, frente a la costumbre y frente a los discursos académicos de defensa de la tradición y me indigno.

De nuevo me reconozco culpable del “delito grave” de mi grande ignorancia de los sutiles y bellos razonamientos que entrelazan en una magnífica danza las palabras místicas de “interculturalismo”, “multiculturalismo”, “diálogos pluriculturales” y de la negación de la posibilidad de”traducir” los derechos humanos “liberales” sin la destrucción del colectivo ( todo esto lo “aprendí” en la lectura de largos párrafos de nuestros eminentes intelectuales, alumnos atentos de Boaventura Sousa Santos o de Dusserl).

¿ Todos sabemos? ¿O no lo sabemos? Nos dicen los arcanos textos del pensamiento crítico que la universalización de los derechos humanos es un “vil efecto de la globalización”. Pues yo me declaro “culpable” de la reivindicación de la globalización y de la universalidad de los derechos humanos y me indigno de la complicidad de la academia en el abandono a que condena a todos los pensadores y activistas no occidentales.

Como todos los que disfrutan amenamente, entre un café de Colombia y una copa de Coñac francés, de la globalización, me quejo cotidianamente de esta maléfica perversión de las tradiciones y de la pérdida de la identidad cultural. Pues bien, en este preciso momento, me indigno que la globalización no haya penetrado lo suficiente para que todas las Amina Filial y las Mukthar Mai puedan ser identificadas y salvadas. Sí! Salvadas de la tradición ! De la tradición de la indignidad

Llego indignada a casa. Indignada redacto estas palabras.

Como todos los sábados reviso los periódicos nacionales e internacionales on-line ( me refiero a los de allá, los de ultramar). Y encuentro otros reportajes sobre otras tragedias en el feminino y frases de justificación consabidas de justificación de la tradición: “Los usos y costumbres no deben ser abandonados. Existe una tendencia para monopolizar la civilización y la cultura de los otros. No se debería poner en causa ni decir”nuestra civilización es mejor que la de ustedes” (...) No es crimen, no puede ser crimen porque es nuestra tradición. Es un símbolo de nuestra identidad, una forma de continuarnos sabiendo quiénes somos …..”.

Escribo esta columna indignada, una crónica que dificilmente será publicada. Es tiempo de perder los confortables complejos de culpa heredados de nuestros abuelos colonizadores, de nuestros bisabuelos esclavagistas, de nuestros tatarabuelos inquisidores y de nuestros fundadores cruzados. Nosotros no somos ellos. De ese pasado nos separan Adam Smith y la Declaración Universal de Derechos del Hombre.

Creo que es tiempo de abandonar el relativismo cultural embriagador y sereno de los turistas de la izquierda caviar. Regresamos de las últimas vacaciones en Egipto (país en que el 80% de las mujeres sufre la mutilación genital) con el cerebro lleno de pirámides y de lunas sobre el rosado desierto diciendo , a la hora del aperitivo con los amigos, tonterías del género: “Quién soy yo para criticar...tenemos que entender que así son mas felices...son otras culturas......”

Sólo superficialmente son otras culturas — en la realidad, se trata de la prolongación de una cultura de la cual las mujeres “occidentales” ya fueron victimas (y continuan siendo victimas): la prolongación de la ancestral tradición del poder patriarcal absoluto que prohíbe a las mujeres las más elementales opciones. Sobre sus deseos, sobre sus movimientos, sobre sus pensamientos, sobre sus acciones y sobre sus cuerpos.

Señores, es altura de reconocer que en nuestra civilización contemporánea las mujeres son seres humanos dignos y respetables, como los hombres, y que aún que esto sea el fruto de la tradición “jacobina” y del espíritu burgués y liberal oriundo de la Ilustración y de la Revolución francesa, HOY, es un principio universal.

Espero ver el día en que estos principios hayan sido globalizados. Un día en que los gritos de las mujeres lapidadas, violadas, excisadas a las ordenes de esa ley religiosa llamada “Sharia” serán solamente una memoria de un pasado infame. Todas las palabras son impotentes para describir esta tragedia cotidiana de los tiempos modernos.

Todas las palabras son indignas si en su última consecuencia justifican lo injustificable: el prolongamiento en el tiempo de la tradición de la indignidad.

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