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lunes, septiembre 24, 2012
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Compromiso y divergencia... Por Julio Santoyo


Por Julio Santoyo Guerrero


Con la reforma política de 1976, impulsada por Jesús Reyes Heroles, por vez primera en la historia del México postrevolucionario, pudieron arribar a la Cámara de Diputados representantes de la oposición de izquierda que había sido anatemizada y perseguida. Hasta entonces, salvo honrosas excepciones de algunos panistas hoy reconocidos o incluso de algún priista "incomodo", la vida en la Cámara Baja era llana y los asuntos se atendían sin contratiempo. El ejecutivo mandaba, la cámara obedecía. La palabra, el voto y el veto del señor presidente siempre hacían mayoría aplastante. El debate verdadero, la discrepancia efectiva y la construcción de acuerdos parlamentarios a partir de la pluralidad era una rareza desconocida. Simple y sencillamente ello no podía existir ahí donde el método de funcionamiento hacía de la mayoría automática el método fundamental para la operación del sistema político mexicano.

Cuando la elección de julio de 1988 generó una verdadera oposición y modificó notablemente la composición en las cámaras, el viejo método comenzó a dejar de ser funcional. La construcción de acuerdos parlamentarios, más allá de la voluntad presidencial, fue ganando terreno como método para acordar las políticas públicas del país, no eran entonces sólo la voz, el voto y el veto del morador de los pinos, se trataba ahora del acuerdo para gobernar. El equilibrio e independencia de poderes inició un positivo trayecto para la democracia mexicana. La discrepancia en las cámaras -ya no sólo en la de diputados-, sino por igual en la de senadores nos presentó un nuevo paisaje de la vida nacional. Escuchábamos entonces las opiniones y denuncias más agudas en la más alta tribuna y nos convencíamos de que la democracia había finalmente llegado a un país acostumbrado únicamente a un solo discurso y a una exclusiva, preponderante y abrumadora mayoría política, la del partido casi único.

Celebrábamos entonces con puntual interés, hasta cierto punto lúdico, el debate a fuego cruzado y los talentos oratorios de senadores y diputados que hacían valer la discrepancia y las razones de su voto a favor o en contra de una iniciativa o un posicionamiento. Como igual, el morbo público festejaba las ocurrencias de quien se metía en una máscara de marrano para denunciar una cochinada. Fue esta una etapa de nuestra democracia mexicana, tal vez necesaria, tal vez inevitable, que debió ser vivida así. Estábamos aprendiendo a ejercer la pluralidad y a convivir entre discrepantes.

Pero de aquella etapa que tubo ambos componentes, la discrepancia y la convergencia, hemos llegado a un punto en que la cultura política por la convergencia a favor de México ha sido minimizada y la cultura por la discrepancia ha sido maximizada. Ahora ya no es muy gracioso para el México contemporáneo -después de 24 años-, seguir viendo la misma película, con las mismas escenas de antaño en un contexto diferente, en las que la discrepancia se prolonga innecesariamente más allá del interés común convirtiendo el ejercicio de gobernar en un acto improductivo.

Después de 24 años de pasmoso camino democrático es preciso que la vida política nacional se aliente con una cultura política de convergencias. Y esto no quiere decir que daba cesar el debate y que dejen de contrastarse las opiniones, quiere decir que el mismo o mayor empeño se debe poner, una vez reconocidas las discrepancias, en la constitución de una cultura de la convergencia. Si en México no construimos esta cultura la oportunidad de las grandes reformas que necesitamos se pasarán irremediablemente y ningún partido que llegue al poder podrá dar pasos eficaces hacia el futuro.

Sin una política decidida de compromisos, con estatura de miras, asumida por partidos políticos y líderes sociales en México, seguiremos no obstante la alternancia de partidos en el gobierno, atascados en la improductividad, agudizando nuestros rezagos y concediendo torpemente espacios de poder incluso a la delincuencia organizada. Necesitamos gobiernos democráticamente fuertes y una clase política dispuesta a trabajar por ello. Ojalá que ese destino ya lo estemos labrando desde ahora.

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