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lunes, septiembre 03, 2012
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El Number One... Por Horacio Erik Aviles

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Horacio Erik Avilés Martínez


La cotidiana labor del sistema educativo michoacano ha transformado cientos de miles de vidas. Sus resultados han sido catalizadores de permeabilidad social, constituyendo un auténtico crisol de historias de éxito, forjadas colectivamente en la cultura de la disciplina y del estudio. Sin embargo, los ganadores son minoría. La gran mayoría de los michoacanos han sido inmolados educativamente, sufriendo sin anestesia la mutilación de sus aspiraciones de vida, ya por conspiraciones sutiles como el aleteo de una mariposa o abruptas como el ventarrón de una descendiente parvada de buitres disputándose el botín. Así lo han padecido los más pobres, quienes asisten a las peores escuelas y quienes están en manos del control sindical.

En particular, los concursos de oposición para acceder al servicio docente no han logrado ser lo suficientemente justos ni transparentes, ya que lograr un buen resultado en los mismos sólo significa ingresar a una criba en la cual los más aptos sindicalmente hablando obtienen mejores salarios y estabilidad laboral.
El caso del profesionista burlonamente conocido en su comunidad como “El Number One” ha sido particularmente oprobioso. Indignantemente arcaico y vigente, su relatoría desnuda que en Michoacán, ser el número uno de un concurso de oposición para obtener una plaza de telesecundaria no asegura obtener lo prometido. Y ya lleva cinco años esperando justicia.

Él, egresado de la escuela pública, hijo de docentes rurales, ingeniero civil egresado del IPN, titulado, con experiencia en la iniciativa privada y buenos antecedentes académicos, tomó la determinación de concursar por una plaza de telesecundaria, en apego a la convocatoria pública emitida y signada por autoridades de la SEE y líderes sindicales de aquel entonces. Nos remontamos al 2007.

El 17 de noviembre de aquel año, en el estadio Venustiano Carranza compitió con 3 mil 500 profesionistas, obteniendo indiscutidamente el primer lugar. Sin embargo, la CNTE añadió al proceso de selección e ingreso actividades político-sindicales bajo amenaza de que una inasistencia equivaldría a la inmediata exclusión del proceso. Al siguiente día de terminar el curso de inducción oficial inició una especie de “campo de concentración” en donde pasaban lista hasta cuatro veces al día. No aparecer en alguna relación era causa suficiente para impedir ingreso y registro oficial al servicio público.

El profesor entregó su documentación completa y a tiempo cuantas veces le fue solicitada tanto por el nivel de telesecundarias como por el sindicato. En aquel entonces el jefe de departamento atendía ambas funciones: la oficial y la sindical.
A partir de los primeros días de diciembre arrancó la “jornada de lucha”. Es decir, marchas y plantones con asistencia obligatoria, en donde un ahora encumbrado líder sindical les recitaba amenazante: “ustedes no se ganaron nada, la plaza se las está dando la CNTE, sin nosotros no son nadie”.

A pesar de acudir a todas estas actividades, de estar en primer lugar cayó al 104. Le quitaron la clave “67” de telesecundaria que le correspondía y le asignaron una “31” de primaria, equivalente aproximadamente a la mitad de salario.

Inconforme, acudió al sindicato y a la parte oficial –exactamente las mismas personas- para exigir una explicación al respecto, en donde le espetaron que “si te hubieras cuadrado con nosotros te hubiéramos ayudado. Hazle como quieras y ni le busques porque te podemos quitar tu plaza y ya verás”.

Derrotado y rebautizado como “El Number One” fue enviado a Churumuco, región dominada por la CNTE. Desde entonces ha luchado infructuosamente por su recategorización, por los canales oficial y sindical. A pesar de ser un docente que obtiene resultados destacados en un contexto socioeconómico adverso, no tiene medios de probarlo, ya que la Prueba ENLACE se bloquea en su comunidad, en una región en la que la meritocracia y la legítima aspiración son bolas de hierba seca a merced de los vientos políticos, sindicales y del poder. Al día de hoy, incluso el apodo endilgado por sus victimarios se mantiene.

Es honroso y estratégico ubicar a los mejores maestros en las comunidades más marginadas. Sin embargo, la adscripción equivale a status, a ver a la familia, a realizar estudios de posgrado, a mejores servicios de salud, a acceder a comodidades y distractores que en la Tierra Caliente son impensables. Ser maestro en tierras pobres, abandonadas e inseguras merece reconocimiento, estímulo y la salvaguarda de sus derechos más elementales, aunada a la programática mejora de sus condiciones de trabajo.

En el sistema educativo michoacano siguen existiendo incontables historias esperando se conozcan, lo que permitirá transitar de la catástrofe silenciosa a reivindicar los derechos mancillados de miles de personas, inmolados por un sistema educativo injusto y replicador perpetuo de desigualdades.

Mientras escribo estas líneas, frente a mí, El Number One lee asombrado recortes de periódicos que le muestro, que tienen titulares como “Se entregaron 400 plazas”, “CNTE logra 200 más”, mientras musita con insólita resignación que seguirá esperando a que le llegue la suya, la “de a deveras”, la mitad faltante que le dieron a una muchacha que ni adiós dijo cuando regresó a la capital. Mientras tanto, él sigue en la precariedad, año tras año repartiendo en agosto los mismos libros deshojados de la época salinista.

Comentarios: eaviles@mexicanosprimero.org, Twitter: @erik_aviles

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