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martes, julio 30, 2013
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Hacia un gobierno fallido... Por Julio Santoyo

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Julio Santoyo Guerrero

Cuando en julio de 2011 la mayoría de los michoacanos sufragaron en favor de Fausto Vallejo Figueroa para hacerlo gobernador de Michoacán prevalecía un ánimo electoral claramente inclinado al cambio. 10 años de gobiernos perredistas, pero sobre todo 4 años de insufribles errores, prepotencias, omisiones y descaros godoyistas, que habían llevado a la entidad al borde del colapso, llevaron a la mayoría de los votantes a rechazar las propuestas de un Prd férreamente controlado por el ex gobernador. El desencanto, el hastío, el rechazo a un mal gobierno, que había llevado a la entidad demasiado lejos en materia de inseguridad, insolvencia financiera, populismo vano y simulación, fomentaron la esperanza de que la alternancia priista encabezada por Fausto Vallejo podría ser la solución a los problemas acumulados.

Desde el priismo este estado de ánimo fue oportunamente capitalizado. Se ofreció un gobierno con la agenda que a la gente le dolía: combate a la inseguridad, deslinde de responsabilidades por la evidente “quiebra” financiera, rescatar la rectoría educativa del Estado, mayor transparencia en el manejo de los asuntos públicos, y otros. El referente era hacer bien lo que el godoyismo había hecho mal. La fórmula funcionó, los primeros meses del nuevo gobierno tuvieron buena aceptación, no obstante las impugnaciones electorales. El problema vino con el paso de los meses. Los rumores sobre la enfermedad del gobernador achicaron inmediatamente la esperanza pública y debilitaron el funcionamiento del gobierno.

Cuando se informó por fin del inminente interinato, la esperanza que aún latía y la fuerza del gobierno entraron en picada. Los conflictos, apenas ocultados al seno de la clase política priista para decidir la prematura transición, trascendieron no solo como noticia pública sino como hechos que erosionaron la unidad del partido gobernante generando la pérdida de confianza en un gobierno, que ya entonces aparecía como imposibilitado para cumplir la agenda prometida a los michoacanos.

La promesa de cambio quedó sepultada a un año de la gestión. Pudieron más los conflictos interpartidarios por el poder, pudo más la vieja cultura priista y el viejo modo de hacer política. Seguramente y por los hechos, algunos creyeron que si el voto los regresaba era porque debía de regresar todo, incluso las malas maneras de hacer gobierno. A un lado quedó el proyecto de rescatar Michoacán, de hacer política con miras largoplacistas, de sustentar un gobierno eficiente y con resultados.

La administración actual se ha dejado llevar hasta subordinarsea la atracción gravitacional de los amos de los conflictos heredados del pasado, los mismos que fueron agravados a niveles extremos por el godoyato, el resultado es un Michoacán con un gobierno en los umbrales de ser fallido y un estado que ya es fallido en algunas regiones.

Pero no sólo ha fallado el regreso priista al gobierno de Michoacán, de igual manera han fallado en su correspondiente nivel de responsabilidad los demás partidos que gobiernan a la entidad desde el poder legislativo y los ayuntamientos. Ninguno ha estado a la altura de la crisis michoacana. Están rebasados, no saben qué hacer, como hacer y seguramente no quieren hacerlo. Su liderazgo está palideciendo. Ninguno se compromete con una agenda y acciones puntuales para encarar los problemas de ingobernabilidad, inseguridad, quiebra financiera, y educación; optan por estar ahí, por el bajo perfil, por la comodidad y hasta por la complicidad con quienes ocasionan los conflictos y encarnan los jinetes apocalípticos michoacanos.

Que sean el gobierno federal y los líderes políticos nacionales quienes impulsen con mayor denuedo y seriedad el establecimiento de una mesa para Michoacán es sólo el indicador natural del desdibujamiento de los liderazgos estatales y del perfil fallido del gobierno estatal. Que en esa mesa se aborden las estrategias y las acciones para detener el colapso del gobierno estatal y para recuperar las instituciones del Estado sólo será la consecuencia lógica del diagnóstico que todos los días se aparece ante nuestra razón pero que desde el gobierno estatal se niegan a reconocer, como si de esa manera la realidad dejara de existir.

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